OPINIONES

STARBUCKS, O LO IMBÉCIL DE PONERLE NOMBRE A UN VASO DESECHABLE, PERO FUNCIONAL PARA OBTENER DINERO FÁCIL

Me dedico a muchas actividades, todas ellas con el mismo fin: sobrevivir. He sido profesor universitario, de bachillerato y de secundaria; diablero en la central de abastos, de donde me inspiré para escribir Chistes colorados para pervertidos consumados, bajo el seudónimo de Satta; encuestador en elecciones de todos los niveles de gobierno, en muchas ocasiones los priístas me regalaron una torta de tamal y un chesco de lata, Coca Cola, para acentuar la vulgaridad; editor en un par de periódicos, de donde me inspiré para escribir: El chisme como medio de vida, de las viejas argüenderas a los llamados periodistas; redactor en ámbitos gubernamentales; macuarro, allí aprendí a beber una caguama de un solo trago y a mantener el equilibrio mientras subo por una escalera improvisada con 50 kilos de mezcla. He chambeado en tantos lugares que al recordar me fatigo.

Diablero.

Ahora trabajo como guía de conversación en un instituto para la enseñanza del idioma español para extranjeros. Allí me dedico al acompañamiento educativo de los alumnos, refuerzo sus conocimientos, los impulso a hablar en español, los auxilio con sus tareas y comparto la cultura al hacer recorridos y visitas a lugares de interés o al menos señalados por la secretaría de cultura como lugares turísticos. Es un buen trabajo, pero como en todos, la paga nunca es suficiente. Allí he conocido a mucha gente y he hecho algunos amigos. Me reunía con uno de ellos en un Starbucks, fue la primera vez que visité uno de esos antros. Desde su llegada a Méjico, hacía tres, mi amigo acudía a diario a tal sitio a beber café, siempre el mismo. Todos los empleados lo conocían, lo llamaban por su nombre, George y le decían: “¿Lo de siempre, George?”. Nunca supe qué pedía. Yo probaba bebidas diferentes, y son eso, sólo bebidas.

Del otro lado del cristal

Del otro lado del cristal.

Por supuesto era un lugar diferente para mí. Había asistido a “conceptos” llamados cafebrerías, que son restaurantes, bibliotecas y librerías al mismo tiempo; tienen por mobiliario desde lo común: sillas y mesas, hasta espacios estilo árabes donde se puede disfrutar del menú y la convivencia a ras de suelo; así como sillones que más bien eran camas donde los clientes se pueden echar a leer o a dormir; vi a varios sujetos y sujetas empiernados con los rostros cubiertos, cual máscaras, con libros de pasta dura y bonita edición; nunca vi los títulos. En estos lugares también se celebraban presentaciones de libros, y por lo general son puntos de encuentro de escritores e intelectuales, así como personas que se asuman como tal, yo lo definía como un circo de los horrores.

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La miseria de espaldas a los desposeídos. 

Esta breve descripción que acabo de hacer tiene cierto parecido con, al menos, el Starbucks que visité durante una semana. El primer día me resultó extraño, a mi parecer no hay privacidad como en otros cafés, en tanto que los espacios de consumo mantienen distancia de otros, es decir: en otras cafeterías hay mesas con determinado número de asientos, si una pareja ocupa tal sitio guardan una distancia prudente de los otros, así sea de 30 centímetros de la otra mesa. En Starbucks no. Apenas entrar se halla un sillón enorme con mesas delante de él, el cual es ocupado por varias personas desconocidas entre ellas que al conversar, ¡vayan a saber qué cosas se refieren!, mueven manos, pies, cabeza, tronco y se rozan entre sí, la conversación de unos interviene en la de otros por la cercanía de cuerpos y de voces. No es el único caso, al fondo se encuentra una enorme mesa, cual mobiliario de biblioteca, donde los comensales se sitúan con sus dispositivos móviles, en particular laptops, para hacer quién sabe qué actividades. Hay algo más en común en estos sujetos, además de su presencia allí y por supuesto su consumo; sus rostros son idénticos a los gestos que hacen los actores de Hollywood cuando se encuentran delante de un computador y han descubierto un asunto muy delicado, ese gesto es serio, retador y ridículo, en fin, una pose, un acto imbécil.

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Mal lugar para leer.

Por último, en cuanto espacios para descansar, este café cuenta con sillones ligeros, individuales, ordenados por pares, uno delante de otro y uno más al lado, en medio de ellos dos pequeñas mesas redondas. En estas últimas era donde nos sentábamos a estudiar. Siempre, todos los días, tuvimos frente a nosotros a otros sujetos y sujetas. Esto, para mí, representa una invasión territorial de ese espacio que se obtiene por derecho de consumo y asistencia primera. Pero no allí. Compartíamos los asientos y las mesas, las cuales son muy pequeñas; no obstante mezclábamos la basura, los residuos líquidos, los lapiceros, las voces y los ruidos. Es insoportable. Sin embargo a la gente le encanta no compartir ese lugar, sino ser observada y escuchada, que los demás se den cuenta que están ahí, no sólo por sus ideas, sino por el lugar, es decir: van a dicho muladar para compartir ideas, lo cual es común, ultra vulgar, los borrachos hacen lo mismo, así como los criminales, pero Starbucks ha vendido esa idea de superioridad sólo para acudir a sus sucursales.

Vajilla común.

Es aquí donde retomaré el concepto de cafebrerías. Starbucks, si bien no tiene ese enfoque, acuden personas con afinidad a ello. Durante esa semana pude observar, una y otra vez, a varios clientes que se apostaban con su laptop y escribían mientras hablaban por teléfono con tono pedante acerca de política sólo para ensalzar a tales rateros; otro día vi a una pareja de poetas, y con esto me refiero a un hombre y una mujer sin afirmar si acaso mantenían una relación sentimental, que consultaban su laptop y escribían en hojas sueltas, con lapiceros de colores de tinta brillante y quizás aromática, lo que pudieron ser poemas por la forma de su estructura, semejante a la escritura de sonetos, algunos más extenso que otros. También llegaban muchas personas con disfraces del mismo estilo, de esos que llaman “hipsters”, ropa colorida, ridícula, horrible; eran los más. Además de todos éstos, se hallan los lectores. De ellos había al menos uno cada día. Pedían alguna bebida y algo de comer y se sentaban a leer rodeados, atrapados por ese repugnante ruido. El acto de leer constituye la soledad, como un asceta que medita para no contaminarse del mundo; eso mismo es la lectura, un diálogo con las ideas, consigo mismo, con el autor; es la ensoñación, la transmutación de un estado caótico al encuentro con el espíritu; constituye una rebelión, y éstas siempre se planean en secreto. Este acto de lectura que hacen tales sujetos es un espectáculo de vanidad, de afirmación inútil ante el otro, y el escenario es una vulgar cafetería, que para reafirmar la presencia del desconocido el vaso donde se servirá su bebida es rotulado con el nombre del cliente. ¡Y funciona!

Nombre verdadero.

Hice un buen amigo en ese Starbucks, fue lo único bueno, pues su café, el cual es producido en Méjico a bajo costo y vendido a precios de locos en estos establecimientos, no me gustó. Además una vez los empleados escribieron mal mi nombre, redactaron: Jorgeo.

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